Crónicas

16 AÑOS SIN LALO DE LOS SANTOS / Jorge Cadús
CUATRO CUERDAS DEL ALMA COMÚN

El 25 de marzo de 2001 partía hacia otras geografías Lalo de los Santos. Músico indispensable a la hora de trazar el mapa de la identidad de estos arrabales, el bajista, cantante y compositor rosarino sobrevive junto a sus canciones a ese exilio definitivo, la muerte. Quizás porque vivió acostumbrado a gambetear olvidos, y porque supo desde siempre que los partidos se definen sobre la hora, en un vuelo cotidiano de ternuras y afectos. "Irse cuesta poco y nada, / siempre una puerta alcanza y un adiós. / Pero al cruzar el umbral / nos damos cuenta recién que los caminos son sólo de vuelta / que uno nunca se fue..." Así definía Lalo de los Santos eso de las despedidas. Se había acostumbrado desde joven a las partidas, a las valijas donde siempre caben "ropa vieja, sueños, amores y penas". Supo aprender una y mil veces "el idioma otra vez, la huella de cada señal". Y por eso, también, supo descubrir que "irse no es más que empezar a volver". Dieciseis años después, sus canciones, su mirada, siguen haciendo falta. Lo recordamos con parte del trabajo "Qué son esas palabras. Los orígenes de la trova rosarina", de próxima edición.


Eduardo de los Santos nació en Rosario, el 17 de enero de 1956, hijo de un padre guitarrista y cantor de tangos. Ligado desde muy pibe al arte, fue uno de los músicos que construyeron la magia de la llamada Trova rosarina, muchos antes que las canciones explotaran en la garganta de Juan Carlos Baglietto.
Desde los 8 años comenzó a estudiar guitarra, en la Academia Zemp, con Juan Carlos Zemp e Inés Panero como profesores. Allí cursó seis años, y se recibió de profesor.
Su formación musical ligó el tango, ese legado paterno (Gardel, Troilo, Salgán y Pugliese) con la música de Los Beatles, Los Gatos, Almendra y Manal. El mismo Lalo dirá que Litto Nebbia y Luis Alberto Spinetta "eran como mi papá y mi mamá".
A los 13 años formó su primer grupo: Banda Sonora de los Pigmeos y las Pepas. En 1973 integró Annus Dei, que luego se transformó en Amalgama; y desde noviembre de 1974 fue el bajista de la mítica banda Pablo el Enterrador, junto a Rubén Goldín.
"Con Pablo El Enterrador fuimos una banda mítica porque se hablaba mucho de nosotros pero tocábamos poco, ya que como queríamos hacer de cada show una cosa perfecta e inolvidable, vinculada al rock sinfónico de Génesis, nos resultaba muy difícil concretar los conciertos", recordó Lalo.

Corría la década del 70.
Ese tiempo de tormentas, donde "alguien desparramó veneno".
Comenzaba a definirse una identidad musical que iría más allá de las calles rosarinas.
Los músicos y compositores de la ciudad se juntaban para tocar, para crear, y para agruparse en asociaciones como AMAdeR (Ateneo Músicos y Amigos de Rosario) y AMI (Asociación de Músicos Independientes).
Surgía una música de puertos, mezcla de vinos en un mismo vaso, sangre nueva de rock, tango y chacarera. Música urbana, parida en encuentros que desafiaron a su modo el terrorismo de Estado, la represión y la asfixia.

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Cuando la década del 80 recién despuntaba, en mitad de un invierno, Lalo de los Santos decidió que estaba bien ya del arte y su condena, y partió hacia Buenos Aires, desafiando el dolor que "crecía a medida que el tren se alejaba".
Allí trabajó de oficinista, hasta el tiempo del desembarco de Juan Carlos Baglietto y su banda en el Estadio Obras. Esa noche estuvo entre el público, un espectador más.
Sin embargo, como contaría años más tarde, cuando escuchó la canción Mirta de regreso "la conmoción interna que sentí hizo que me planteara mi rosarinidad, reconociera mi grupo de pertenencia y me dejara embriagar por ver a cinco mil monos gritando 'Rosario, Rosario...'".

Tal vez en ese momento comenzó otra historia, en la que Lalo de los Santos da forma a canciones como Al final de cada día, No te caigas campeón, Alguien muere de amor (en sociedad con ese poeta maravilloso y errante llamado Charly Bustos), y Tema de Rosario, donde describe a esa ciudad gris de cemento, de mercurio en la avenida, de vuelos de poetas estrellados en un suelo industrial que dejaba de ser.
Una y otra vez, el cantautor retomaría aquella noche de 1981, la presentación de Juan Carlos Baglietto en el Estadio Obras de Buenos Aires, el vendaval de emociones, la vuelta a su casa del barrio de Floresta, y el nacimiento de su canción emblemática: "Cuando volví de Obras me salió como una escupida la primera estrofa del 'Tema de Rosario', como primera respuesta a tantas imágenes recibidas. Y esa sensación marcó el inicio de un trabajo creativo apuntado específicamente a Rosario".

El debut discográfico será precisamente de la mano de esa canción, grabada en vivo el 19 de marzo de 1983, en el recital llamado "Rosariazo Rock". De los Santos era por entonces bajista y conductor de la banda que acompañaba la flamante carrera solista de Silvina Garré. Ese día, en la cancha de Newell's Old Boys, abrió con el Tema de Rosario aquel recital que cerrarían Litto Nebbia y Juan Carlos Baglietto, ya consagrados, y del que surgiría el disco "Rosario Rock 83".
"Fue terrible", dirá en 1984 Lalo de los Santos: "terrible por la emoción, por el miedo, por no saber cómo iban a recibir esos siete mil tipos un tema que habla de Rosario con mucho amor pero también con mucha bronca. Yo digo que 'Rosario es el arte y su condena', porque a mi me dolió tener que irme, y en eso estaba en juego la indiferencia de cada una de esas personas que nos fueron a ver ese día". Ese mismo día, Litto Nebbia le propuso ser su productor.

Vendrán entonces tres discos solistas, todos editados por Melopea: Al final de cada día, en 1984; Hay otro cielo, de 1986; y Canciones Rosarinas, diez años después, en 1996, donde versionó temas de sus dos producciones anteriores. Quedó inconcluso un proyecto que llamó Señales en el Alma: "una frase que trata de sintetizar el concepto que tengo de lo que es una canción. Porque la señal ofrece una posibilidad de que uno la tome, se oponga, le sirva como guía, o agarre para el lado opuesto. Pero la intención de quien la compone es instalar una señal".

En 1997 grabó un disco más con Rosarinos (junto a Jorge Fandermole, Adrián Abonizio y Rubén Goldín), y en el camino sumó infinitas colaboraciones con otros artistas (desde Juan Carlos Muñiz a Rubén Juárez, con quien grabó el imprescindible disco "Piedra Libre", en 1985), y una fe de hierro en la solidaridad -que supo mantenerlo en pie en épocas del peor individualismo- que han trazado una marca de fuego en la memoria colectiva.
Había encontrado una relación especial entre Liverpool y Rosario, "dos ciudades que definen tu personalidad sin que te des cuenta", decía. Y repetía una frase escuchada a un periodista porteño en relación a la trova rosarina: "los músicos son como un alma común con diferentes cuerpos".

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El hijo de Lalo de los Santos, Iván, señala que "papá vivió el movimiento de la Trova desde un lugar muy particular. Si bien tuvo sus proyectos solistas durante la época de más auge de la Trova, siempre buscó asociarse con los demás miembros para lograr algo en conjunto".
"Me parece que siempre terminó priorizando sus colaboraciones o proyectos compartidos por sobre su propio material. Vivió con un orgullo inmenso el hecho de pertenecer a un grupo de personas que se identificaron bajo una misma ala rosarina", cuenta Iván, que -como su padre- es también músico, y sabe de despedidas y valijas.
Y completa: "a medida que fui creciendo empecé a descubrir la poesía que me iba rodeando, tanto en recitales como en ensayos o esbozos de canciones que mi viejo estuviera preparando en casa, y me abrió la cabeza. Por darte algún que otro ejemplo, siempre desde pequeño me llamaron la atención frases de diferentes canciones, que por ser chico no terminaba de entender: 'no hay rima que rime con vivir', o 'y como tantas mis manos se hartaron de golpear las puertas, y por no derrumbarme con ellas me tuve que ir'. A medida que pasó el tiempo y las experiencias de vida, esas canciones que escuchaba día y noche de pibe, comenzaron a tomar otro color mucho mas maduro".

Ivan recuerda que "Rosario siempre fue un lugar de calidez y tranquilidad para mi viejo. Tuve la suerte de acompañarlo infinitas veces y recuerdo que siempre lo vivió con una ternura increíble, expectante de reencontrar viejos amigos, contarme anécdotas en cada esquina, como por ejemplo el Tío Ramón perdiéndose en tranvías por la ciudad, o cómo se iba a tomar helados con mi abuelo a La Uruguaya. Me transmitió su amor incondicional por Central también, y luego de esparcir sus cenizas en el Gigante de Arroyito mi fervor es mayor aun cada vez que miro un partido..."
Y consigna que entre las canciones de su papá, "definitivamente el Tema de Rosario es el más influyente. Leí en entrevistas que mi viejo escribió el Tema de Rosario (o simplemente Rosario, como a él le gustaba) luego de un recital de Baglietto en Obras en el cual la vibración entre el público y los músicos fue tal que al verse desbordado emocionalmente por esta situación, la terminó volcando al papel y la compuso casi en el momento. Justamente la canción habla de nostalgias, de la adaptación a un nuevo ambiente o territorio casi desde un punto de vista de exilio. Me parece que logró plasmar en una canción la mezcla de sensaciones que vivieron no solamente él, sino tantos otros, al dejar su lugar de origen por un mundo nuevo. En su momento hubo mucha gente que se identificó con este tema".

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Lalo de los Santos compuso varias canciones en las que habla a su hijo Iván.Entre ellas, Duérmase mi amor y Tibio brote de amor. Allí promete: "Saltaré los muros / abriré las puertas con tu amor / y haré un testamento para darte / un sol con mis manos / y un horizonte para vos / serás un velero / y la vida pondrá el mar".
Sueña Lalo al hijo entonces por venir: "Y tal vez / serás poeta, obrero, músico, / bohemio, hombre, mujer, / qué importa, / si al fin puedo enseñarte/ a ser de verdad..."
El mismo Iván cuenta que "aunque te parezca mentira, hoy por hoy sigo escuchándolas y siento que me están ayudando a crecer, o que me aconsejan a lo largo de mis días... Tanto ‘Tibio Brote’ como ‘Duermase mi amor’ son palmaditas en la espalda que me acompañan en cada momento de decisiones importantes. Saber que alguien va a ‘saltar los muros’ por mi, o ‘darme un sol con sus manos’, se siente lo mas emocionante del mundo, y agradezco tener la suerte de poder acudir, tanto a esa como tantas otras grabaciones, para sentir que mi viejo esta siempre cerca, que su voz me acompaña siempre".
Y dice que en los últimos meses "papá estaba trabajando en una canción que no llego a terminar. Tenía la música, pero no la letra. Una tarde, me la mostró... y la única frase que tenía como boceto era ‘no tengas miedo, hijo’. Es el día de hoy que la sigo escuchando en mi cabeza o me pongo a tocarla en la guitarra cuando lo extraño".

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Lalo de los Santos murió en la tarde del domingo 25 de marzo de 2001, en el Sanatorio Anchorena, de Buenos Aires. Tenía 45 años, le peleaba a una enfermedad de las bravas desde poco más de un año atrás, y el prolongado tratamiento médico fue solventado en buena parte con lo producido en varios recitales que sus compañeros de ruta realizaron en Buenos Aires y Rosario.
Se calzó el bajo por última vez en público en un recital -junto a Rubén Goldín, Jorge Fandermole y Adrián Abonizio- apenas una semana antes de su partida, el 17 de marzo, y en el balneario La Florida de su ciudad, Rosario. Aquella misma del arte, y su condena.
"La verdad que parece mentira que ya hayan pasado tantos años", confiesa hoy Iván.

Y cuenta que "lo recuerdo siempre con un amor inmenso. El mejor amigo que no pude disfrutar lo suficiente. Tuve la suerte de poder subirme a escenarios con él, juntar figuritas de fútbol juntos, romper veladores y portarretratos en definiciones interminables de penales inatajables en un departamento minúsculo, entre tantas otras cosas. Siempre fue mi cómplice, mi primer gran amigo y lo extraño muchísimo".

"Si es que llega la muerte quiero morir de vivir / no de la que quiera algún tirano..." había pedido Lalo en su versión de la canción de Sebastián Riestra y Claudio Cardone, "Pequeño tango escrito en invierno".
Y como se sabe que el verdadero cementerio es la memoria, Silvina Garré abraza la ausencia de este tipo entrañable: "lo recuerdo como un gran ser humano, sensible, inteligente, generoso. Además de un músico excelente, multiinstrumentista, que disfrutaba enormemente del encuentro con sus pares. Fuimos muy amigos y su opinión fue muy importante y decisiva a la hora de animarme a mostrar mis canciones", recuerda.

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"Era un burlón tierno aún de si mismo. Era músico generoso, al punto de privilegiar la idea de grupo antes que los individualismos estériles. Era elocuente, didáctico y muy querible. Era respetuoso de la sensibilidad ajena, era fanático pero me enseñó a ser paciente", define su compañero de crónicas, músicas y batallas, Adrián Abonizio.
Y dice el cantautor que Lalo, "que sabía del desarraigo, me protegió cuando dejé Rosario por Buenos Aires, me convirtió en un personaje cómico que yo ignoraba. Me ayudó a ver el mundo. Me enseñó acordes, humor y a resistir. Me enseñó que podíamos ser amigos y me honró llamándome hermano".

Desde una vasta geografía que anuda identidades compartidas, Abonizio lo define "como un hermano mayor, un confidente, un preclaro, un luchador por la unión entre los músicos, un maestro del humor y fundamentalmente, alguien con quien confiarse en las miserias y las alegrías íntimas".
Y cuenta Adrián Abonizio que Lalo de los Santos "me hace mucha falta aún hoy".

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Hacia finales de la década del 90, Lalo de los Santos aseguraba que hay que mantener viva la memoria, "el ejercicio de la memoria, para que no volvamos a repetir siempre los mismos errores. Y por otra parte es lo menos que podemos hacer por todos los muertos, porque el peor castigo es precisamente el olvido..."
Hablaba, claro, de un tiempo cierto de impunidades cotidianas.
Tiempos que seguramente no han terminado.
"Nuestra voz, -decía Lalo- "nuestra presencia, si bien no va a hacer que disminuya automáticamente la impunidad, son voces que se van alzando y demostraciones que se van haciendo para que los que detentan el poder no sientan que están tan libres para moverse como quieren".
Y señalaba entonces que "el gran compromiso que tiene cada artista es con la gente. Primero que el sustento del artista es la gente. En definitiva, si uno escribe canciones las escribe para la gente. Y las escribe como una especie de espejos en donde la gente pueda ver reflejado sus sueños, sus esperanzas, pero también sus miserias, su pobreza y su impotencia frente a determinadas cuestiones. Y es una manera, también, de no sentirse tan solos".
Corría 1997.
Y Lalo de los Santos elaboraba el manifiesto de la resistencia del arte en tiempos de condenas: "hoy veo que el sistema que se ha instalado como propuesta de vida, digamos, el modelo de joven argentino, es cada vez más cercano a un criterio de vida utilitario. Es decir: elegir como valores de vida las cosas según su uso. Y de ese modo habría que preguntarse, y está jodido preguntarse, para qué sirve una canción, en ese contexto. Por lo tanto creo que hoy es mucho más heroico que estemos vivos, resistiendo y cantando todavía".


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Imagen: Archivo Postales.



Jorge Cadús: Es periodista. Es redactor de la revista Postales, de Prensa Regional (edición papel) y colaborador de varias páginas web de noticias. Forma parte del grupo editor del Proyecto Alapalabra, de Madres de Plaza 25 de Mayo de Rosario. Publicó "Postales de un desierto verde" (Tropiya ediciones, 2005); "Un tiempo ayer ceniza. Historias de la dictadura en el sur de la provincia de Santa Fe" (EMR, 2006) junto a Facundo Toscanini; "Combatiendo al capital. 1973-1976. Rucci, sindicatos y Triple A en el sur santafesino" (EMR, 2009), en colaboración con Ariel Palacios y "La Transa. Crónicas del narcotráfico" (Grupo Editor Postales). En TV fue director periodístico de "Audiencia Debida. Crónicas del sur", "Estación Sur. En los rieles de la patria" y "Tercer Tiempo. El relato salvaje" (Cablevisión Alcorta / Sacks Paz Televisora). Actualmente produce y conduce diariamente "Estación Sur" en Radio Imagen (Alcorta, 106.7 Mhz).